Abrió la puerta tembloroso, con el miedo de saber que allí estaría ella, sentada, tiesa, sin inmutar, con todas sus expectativas mal depositadas. Dio un par de pasos, a pesar del temor, entró al círculo vicioso, del cual hace tiempo formaban parte, del cual hace tiempo intentaban salir y quedar dentro. Entró siendo consciente de que la quebraría una vez más, y que ella dejaría, sin titubear, que eso sucediera. Todo "en nombre del amor"; porque así es como sentía, con la intensidad de alguien que ama, olvidando lo destructivo que puede ser dejarse llevar y usar poco la cabeza. Mientras más se involucraba, más se vencían sus voluntades, menos convicciones la acompañaban y él más rápido corría, no hacia ella, no a su encuentro, hacia otro lugar, en dirección contraria. Huía conmocionado, para no repetir errores, por todas las heridas que lo habían y aún lo marcaban, porque llevaba a cuestas una mochila pesada, en la cual cargaba su pasado, su tristeza y las cicatrices que por dentro lo quemaban y lo hacían retorcer, nublando su visión del presente, cerrando horizontes nuevos, un poco más amenos. Los dos estaban rotos, agrietados, exhaustos. Ella se secaba las lágrimas a toda velocidad, sus bolsillos acumulaban pañuelos, pero su mirada estaba limpia, sin rastros de nada y no usaba máscaras. Él se negaba rotundamente hasta que un beso se le escapaba, hasta que se dejaba acariciar.
Entre esos juegos perversos, entre la dulzura del dolor y la trampa de la risa, los brillos y las miserias, asoma la lógica cordura de quien no vive por sus miedos y la locura sin frenos de quien se lanza al amor.
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