Todo estaba perfectamente en su lugar, salvo el cielo que avisaba prontamente caer en pedazos. La gente seguía caminando apurada, chocándose, los autos seguían circulando, las motos, las bicis, todos a mayor velocidad de la habitual. Yo los imitaba, hasta que "algo" instantáneamente hizo que detuviera los pasos, mi cerebro y el corazón. Tuve que dejar caer el auricular, mis oídos jamás me engañan. Cantaba una voz, se expresaba con ganas, y la acústica sonaba y sonaba. La distancia me impedía distinguir cuál era la canción, al interprete lo conocía y él a mí, de cabeza a pies. No estaba equivocada, mi corazón me delato al comenzar la taquicardia.
A medida que avanzaba, el aire me faltaba, estaba agitada. Quedé de frente a la ventana, paralizada, mientras sentía que la lluvia me invadía los huesos. No existía el mundo, ni el alrededor, ni la gente, ni el clima, ni los autos, no existía nada, salvo la guitarra y la voz que sonaban, el vidrio que nos separaba y yo. De repente el silencio se apodero de todo y de todos. La voz quedó en off. Hubo un ruido de carraspera, un suspiro y una mueca que me invitaba a pasar. Entre a ése bar, y sin darme cuenta quede de espectadora en primera fila,sentada en el bar al que hacía meses no asistía, del cual sus veredas no podía siquiera pisar. Estaba hipnotizada. Compartimos el trance.
"A milímetros de Dios ,a milímetros del odio, a milímetros de vos, a milímetros del rojo, a milímetros del sol, a milímetros del polvo. Cortar, cortar, cortar lo que no da,
soltar tu globo de felicidad", cantabas Aznar, como cantabas Spinetta, Drexler y tantos otros más que no podía ni escuchar para no recordarte. Ése día fue especial, ésa tarde fue especial. Terminaste de cantar, recibiste agradecidos los aplausos, apoyaste la guitarra en la banqueta y viniste hacia mí.
- ¿Cómo estas "bonita"?, ¿qué queres tomar?, preguntaste con la amabilidad que te caracteriza.
Yo seguía en shock, sin entender que hacía ahí sentada escuchándote y mirándote como lo estaba haciendo, descaradamente.
- Un café, respondí tartamudeando, hasta que me despabilé.
Hablamos horas y horas, de nuestras vidas, actividades, música, viajes y literatura. Hasta que nuestras tazas tocaron el vació y nuestras ganas la sima.
-¿ Te puedo abrazar? Te quiero abrazar. Preguntaste, afirmaste y me abrazaste. Siempre fuiste convincente, inmutable y decidido, el triple de frió que yo. Te admiraba por éso.
Me desplome por completo, entregándome al momento y a tu confianza. Me agarraste la mano y me llevaste hasta la puerta.
-Vamos a soñar un rato, un ratito, o toda la vida, vos elegís. Me susurraste pícaro.
Asentí con la cabeza y no pude evitar sonrojarme y sonreír.
Caminamos un par de cuadras apretujados, el viento era frío, la noche otoñal.
Paramos frente a esa maldita puerta roja que todavía hace ruido. Abriste y me invitaste a pasar. Escaleras arriba todo era distinto. En dos segundos me estampaste un beso y me llevaste contra vos. La casa era un lío, las sábanas eran un lío, mi pelo era un lío, mi maquillaje estaba corrido y mis ideas también. Cuando abrí los ojos ya era otro día, el sol me calentaba la cara. Te veo entrar con una flor y el desayuno, moviendo las caderas al compás del jazz. Te encantaba Ella, la elegiste de fondo esa mañana. Y yo la elegí para enmarcar el principio de nosotros y el futuro de lo nuestro.


