Abro los ojos, dos direcciones, horizontal vertical, dos mas en ellas, derecha, izquierda, arriba abajo. Como las agujas del reloj, pero ellas van para el mismo lado. Como el movimiento de mis pies y mis manos, como los sabores, dulces, amargos, como los colores, negro, blanco, como las luces, brillantes, opacas, como los días nublados, soleados, como el sentir, alegría, tristeza, como el vivir de risas o quejas, como elegir futuro o pasado, como obtener cara o seca.
Cuando se trata de elegir siempre hay más de una respuesta, aunque estemos acorralados. Disipamos poco a poco este estado de tinieblas que no nos deja ir más allá. Recorremos nuestros surcos, nuestras marcas, nuestra memoria. Disecamos uno a uno los recuerdos, las vivencias, lo que deseamos repetir, lo que deseamos que el olvide quite de un tirón y con urgencia. Anhelamos con fuerza, es un máximo signo de vitalidad, mientras nos hundimos en nuestras propias profundidades, tan hondas a veces. Torturamos la propia lógica de las ideas, esperando que algo mágico ocurra, una especie de oasis salvador, o una manzana que nos golpee la cabeza. Un baldazo de agua fría, un choque con el espesor de la realidad que en determinadas circunstancias se vuelve finito, estrecho, cercano. Y ya no hay sueño, hay por venir, y hay otras estrellas que esperan con ansias ser observadas. Y ahí estamos nosotros, mirando el cielo una vez más, buscando sensaciones de paz tan escurridizas. Implorándole a aquel Dios una guía terrenal Ya era hora de dejarnos de pelear, con nosotros y nuestras creencias, en el mundo, en la gente, en la espiritualidad y en todas las variantes del yo que habitan la consciencia. Nos queremos, nos odiamos, nos adoramos, nos maltratamos, nos reciclamos y volvemos a caer en la basura. Usualmente rodeados de indecisiones, usualmente rodeados por tantas dudas, usualmente perdidos por dentro, lúcidos por fuera, y las apariencias entran en acción. Que terribles que somos, intentando fingir, con papeles creados para no vivir. Que injustos que somos, castigándonos, siendo hijos del miedo, por no valernos. Es momento de que las páginas dejen de ser contadas para ser corridas con extrema rapidez. Es momento de romper las cartas con las que jugamos para no perder, Es momento de quitar los trajes, raras vestiduras, mascaras absurdas, que usábamos para no ser. Es momentos de pisar muy fuerte para no caer.
Tiramos la moneda, un tanto subjetiva, da vueltas en el aire y empezamos a correr.-
Alina Fabre Oria.
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