No se daban los buenos días,
ni pensaban.
Un adiós implícito
los congelaba.
La habitación, nunca encendida,
y las palabras tan llenas de huecos.
El café de azúcar saturado,
seguía amargo, sabía mal.
Las sábanas, con arrugas inmutables,
aferradas a los bordes de la cama,
estacadas
como barrotes de celda de 2x2.
El ambiente,
un desastre universal.
Los espejos tristes,
sin reflejos.
Las sombras se disipaban,
los enredados dedos,
se deslizaban
con temerosa separación.
Ya se sentía la nostalgia.
Ya se sufría
y se sonreía,
por el porvenir optimista.
A pesar
de toda esa nada
actual y atónita
que los quebraba dulcemente.
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