En el vidrio se refleja mi cara por la mitad, casi luna y la punta de mi nariz intentando alcanzar los rayos.
Hay ruido, mucho ruido. Truenos imponentes, relámpagos enceguecedores, y agua pura. Agua que limpia, que quiere corroer todo el polvo del suelo, aunque tarde o temprano, se haga barro. Igual pasa con las penas. Si pudiera alguien hacernos una radiografía espiritual, seguramente saldrían manchas, de todos los tamaños y tonos. De todos los tiempos e intensidades humanas. Y nosotros, tan ilusos, apretamos con fuerza los ojos, hundimos los párpados, ocultamos las pestañas, bajamos la guardia y evaporamos la tristeza mediante lágrimas; pero a veces no alcanza, aunque nunca está demás.
Hay ruido, mucho ruido. Truenos imponentes, relámpagos enceguecedores, y agua pura. Agua que limpia, que quiere corroer todo el polvo del suelo, aunque tarde o temprano, se haga barro. Igual pasa con las penas. Si pudiera alguien hacernos una radiografía espiritual, seguramente saldrían manchas, de todos los tamaños y tonos. De todos los tiempos e intensidades humanas. Y nosotros, tan ilusos, apretamos con fuerza los ojos, hundimos los párpados, ocultamos las pestañas, bajamos la guardia y evaporamos la tristeza mediante lágrimas; pero a veces no alcanza, aunque nunca está demás.
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